De nuevo: Ama y haz lo que quieras.

"Ama y haz lo que quieras".

Ésta es una de las frases más famosas y más hermosas de San Agustín. Sin embargo, aunque muchos la conocen, son realmente pocos los que la han leído en su contexto.

A veces puede traducirse en un cristianismo cómodo, superficial. “Ama... y haz lo que quieras”. Tal vez se deba a que nos gusta poner el acento en el “haz lo que quieras”, más que en el “ama”.

También es cierto que, cuando se habla de amor, cada quien entiende lo que quiere, o más bien lo que puede. No todo lo que nos parece amor lo es necesariamente. Por eso nos conviene saber a qué se refiere San Agustín cuando habla del amor.

Para él, el amor es la raíz que da sentido a los actos humanos. Sin él, están vacíos, por más sublimes que parezcan. Incluso a veces el amor se manifiesta en una aparente severidad (la corrección de un papá baste como ejemplo). En definitiva, más allá de palabras bonitas o cursilerías, San Agustín entiende que el amor se manifestó radicalmente en la cruz, en total donación.

San Agustín, igual que San Pablo, encuentra en ese amor (que, por otra parte, no es sino un don de Dios) la llave que permite al hombre despojarse de moralismos y apariencias, y llevar a cabo la voluntad de Dios en una auténtica y plena libertad.

Básicamente, la vida pública de Jesús se enfocó en manifestar esa total gratuidad de Dios. Muchos en Israel (los fariseos, particularmente) habían convertido la relación entre Dios y su pueblo en un moralismo ritualista: qué se puede y qué no se puede; qué se debe hacer, cuándo y cómo. Se gloriaban en sus ceremonias, eran minuciosos en sus ritos... y despreciaban a los demás. A los discípulos de Jesús los regañan porque no se lavan las manos antes de comer (y no por higiene, sino porque, independientemente de traerlas limpias o no, era un rito mandado en la ley); a Jesús quieren acusarlo, no tanto por considerarlo un curandero, sino ¡porque trabaja en sábado! (como la ley de Moisés les prohíbe hacer cualquier trabajo ese día, Jesús les responde: "¡Hipócritas! Si se les cae una oveja a un pozo en sábado, ¿no la sacan enseguida? ¿Qué vale más, una oveja o un hombre?"). Le presentan el caso de la mujer adúltera, para poder acusarlo, ya sea de no ser misericordioso, o bien de desobedecer la ley de Moisés. La trampa es perfecta, pero la respuesta de Jesús los sobrepasa con mucho. Jesús sale victorioso porque, en una frase magistral, los invita, sí, a cumplir la ley, con todas sus consecuencias, y les recuerda que la ley no dice nada más "No cometerás adulterio", sino también "No robarás", "No mentirás", "No matarás", "No desearás a la mujer de tu prójimo"... Al final, los que se niegan a cumplir la ley son los que antes estaban dispuestos a apedrear a aquella mujer.

San Pablo, ya como apóstol y formador de cristianos, insiste en que nuestra fe no consiste en que nos digan qué es lo que se puede y lo que no se puede hacer. Eso es para los niños, piensa. La ley sí sirve, pero es como una niñera para los que no han madurado su fe; a ésos sí hay que decirles lo que hay que hacer y lo que no.  Cuando ha llegado la fe, no necesitamos más a la niñera (cfr. Gal. 3, 25).

Pablo, entonces, rechaza todo ritualismo meramente exterior.  "El reino de los cielos no es cuestión de comida o bebida". Lo dice por un pleito que traían los cristianos de Roma con los de Palestina acerca de los alimentos prohibidos o permitidos para los cristianos (los judíos consideran que hay alimentos impuros). Debemos, simplemente, buscar lo que construya la paz y la mutua edificación, sin ser motivo de escándalo para los demás. Se puede comer lo que sea, pero si por un alimento afliges a tu hermano, ya no obras de acuerdo con el AMOR. ¡No permitas que por una cuestión de alimentos se pierda alguien por quien dio su vida Cristo! (Rom. 14, 15). Nuevamente, ya no es la ley, sino el amor el que rige la conducta del cristiano.

San Agustín, entonces, igual que muchos hombres y mujeres, ha pasado de considerar primero al cristianismo como una serie de leyes y prohibiciones, a un encuentro que nos da una libertad verdadera. No quiere decir, en absoluto, que el cristiano tenga permiso de hacer el mal. Por eso, para entender bien la frase agustiniana, se requiere comprender muy bien las dos partes que la forman, sinceramente, sin pretender adaptarlas, perversamente, a la propia conveniencia. El que ama no es capaz de hacer el mal al ser amado. Si el amor es verdadero y el objeto de nuestro amor es Dios y el prójimo, no necesitamos una ley que nos diga "haz esto" o "no hagas esto otro". Podemos, ciertamente, hacer lo que queramos, porque el amor nos lleva solamente a hacer el bien.

Para terminar, al cristiano, movido por el amor, no le preocupa primeramente cómo luzcan sus actos por fuera. No trata de aparentar ser dulce y amable ni evita parecer severo o seco. Lo que le preocupa es la raíz de sus actos. Sostiene, anima y felicita, como también corrige y denuncia cuando es necesario. Igual que el padre, sabe distinguir cuando el amor debe vestirse de ternura o de firmeza. No se trata de alagar al prójimo, ni de llevarle la contra, nada más porque sí.

"Aunque hablara las lenguas de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que un bronce que resuena o un platillo que hace ruido". (1Cor. 13, 1...). Como Iglesia, Dios nos invita, sobre todo, a analizar si es el AMOR la raíz por la que hacemos todas las cosas: la raíz por la que predicamos, la raíz por la que ayudamos, la raíz por la que protestamos, la raíz por la que nos oponemos a cierta ideología, la raíz por la que corregimos y denunciamos. Si resulta que es cualquier cosa, menos el amor, entonces no somos más que eso, precisamente: una campana que hace ruido, y a veces, incluso, aturde más de lo que ayuda realmente. Nuestros actos pueden ser muchos o pocos, grandes o aparentemente insignificantes; al final solamente quedará el amor invertido en ellos. San Juan de la Cruz decía que "al atardecer se nos examinará en el Amor".  Para el cristiano maduro su fe no consiste en un manual, ni en fórmulas mágicas, ni en leyes sobre sus espaldas. AMA Y HAZ LO QUE QUIERAS.


“Los hechos de los hombres se conocen solamente por la raíz del amor. Porque muchas cosas tienen buena apariencia y, sin embargo, no proceden del amor. Las flores también tienen espinas. Unas acciones parecen duras, aun salvajes, pero son hechas para disciplina inspirada por el amor. Entonces, un precepto breve: AMA Y HAZ LO QUE QUIERAS. Si te callas, hazlo por amor; si gritas, también hazlo por amor; si corriges, corrige también por amor; si te abstienes, hazlo por amor. Que la raíz del amor esté dentro de ti y nada puede salir sino lo que es bueno” (San Agustín. Homilía VII sobre las cartas de San Juan, 7).

 

 

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Doctor de la Iglesia - Magisterio de San Agustín, Obispo

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De las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos San Agustín, de las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos.

Es necesario poner al descubierto los artificios de los maniqueos. Dos artificios que principalmente utilizan para seducción de los ignorantes.

I.1. He tratado suficientemente, a mi parecer, en otros libros sobre el modo de rebatir los ataques que, con tanta impiedad como ineptitud, dirigen los maniqueos contra la Ley o Viejo Testamento, y como es vana la jactancia que ellos afectan en medio de los aplausos del vulgo ignorante. De lo cual puedo también aquí hacer brevemente mención. ¿Qué hombre, por poco razonable que sea, no comprenderá que para la interpretación de las Escrituras se ha de acudir a los que tienen profesión de enseñarlas, y que puede suceder, o mejor dicho, sucede siempre, que muchos pasajes parezcan ridículos a inteligencias poco desarrolladas, mientras que, si hombres más sabios los explican, aparecen admirables y se reciben con tanta mayor satisfacción cuanto se ve era más difícil descubrir el pensamiento? Esto es lo que pasa con alguna frecuencia en los libros santos del Testamento Antiguo cuando el que encuentra allí materia de escándalo se dirige a un doctor piadoso, más bien que a un impío censor, y con tal que desee más averiguar que no satirizar. En su deseo de instruirse podrá quizás dar con obispos, sacerdotes y otros ministros de la Iglesia católica que se guarden con cautela de descubrir a todos indistintamente nuestros misterios o con quienes, contentos con la sencillez de la fe, no se imponen el sacrificio de sondear sus profundos secretos. Pero no deben nunca desesperar de encontrar allí la verdad, donde ni todos los que la exigen son capaces de enseñarla, ni todos los que la piden son siempre dignos de aprenderla Dos cosas son necesarias: diligencia y piedad; la primera nos conducirá a los que verdaderamente posean 1a ciencia y la otra nos hará merecedores de adquirida.

Entendamos la gracia de Dios Del comentario de San Agustín, obispo, sobre la carta a los Gálatas (Prefacio: PL 35, 2105-2107)

El motivo por el cual el Apóstol escribe a los gálatas es su deseo de que entiendan que la gracia de Dios hace que no estén ya sujetos a la ley. En efecto, después de haberles sido anunciada la gracia del Evangelio, no faltaron algunos, provenientes de la circuncisión, que, aunque cristianos, no habían llegado a comprender toda la gratuidad del don de Dios y querían continuar bajo el yugo de la ley; ley que el Señor Dios había impuesto a los que estaban bajo la servidumbre del pecado y no de la justicia, esto es, ley justa en sí misma que Dios había dado a unos hombres injustos, no para quitar sus pecados, sino para ponerlos de manifiesto; porque lo único que quita el pecado es el don gratuito de la fe, que actúa por el amor. Ellos pretendían que los gálatas, beneficiarios ya de este don gratuito, se sometieran al yugo de la ley, asegurándoles que de nada les serviría el Evangelio si no se circuncidaban y no observaban las demás prescripciones rituales del judaísmo.

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