¿Y quién es ese San Nicolás?

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Con la llegada de la Navidad, llegan también los regalos, especialmente cuando se tienen niños en casa. Hay peques a quienes les llevan juguetes los Reyes Magos, pero hay otros que son atendidos un poquito antes por Santa Claus o Papá Noel, un personaje inspirado en un San Nicolás, ¿quién fue él?

 

La historia de San Nicolás

También conocido como San Nicolás de Myra, lugar donde nació, este santo fue un obispo del siglo IV y su nombre es notable en todo el mundo debido a que dio origen al mito de Papá Noel o Santa Claus, quien entra por la chimenea durante la madrugada de cada 25 de diciembre para dejar regalos a los niños.

San Nicolás nació en la actual Turquía, en el seno de una familia adinerada y cuando aún era pequeño destacaba por tener un carácter bondadoso. Sus padres lo educaron bajo la fe cristiana y a la muerte de ellos, Nicolás heredó la fortuna familiar, que puso al servicio de los pobres y luego se fue a vivir a la ciudad de Myra, donde fue consagrado obispo.

 

Su consagración

La consagración de San Nicolás como obispo sucedió de una manera muy curiosa pues, según la leyenda, había varios obispos y sacerdotesque discutían acerca de quién sería el siguiente obispo, pues el anterior ya había muerto.

Y como no podían ponerse de acuerdo, decidieron que el elegido fuera el sacerdote que entrara al templo en ese momento y, casualmente, ese sacerdote resultó ser San Nicolás, quien más tarde fue encarcelado durante la persecución cristiana por parte del Imperio Romano.

Mientras San Nicolás se encontraba preso, fue torturado y le quemaron la barba para que renunciara a Jesucristo, pero él se negó y años después fue liberado; murió el 6 de diciembre del año 343 y hoy sus restos se encuentran en la ciudad italiana de Bari.

En la actualidad San Nicolás es el primer santo no mártir al que se le recuerda gratamente tanto en Oriente como en Occidente y hoy se cuentan muchos relatos, algunos de ellos fantasiosos, acerca de sus milagros, a pesar de que, al parecer, él era una persona sencilla y práctica.

 

Sus milagros

Algunos de los milagros que se le atribuyen a San Nicolás son haber intercedido ante Dios para que tres niños que habían muerto al caer de un árbol y otros tres que habían sido sacrificados para dar de comer a los clientes de un hostelero fueran devueltos a esta vida.  También se le atribuye haber ayudado a tres militares acusados injustamente y a un grupo de marineros en medio de una tempestad.

Un milagro ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial se refiere a que durante un bombardeo a la ciudad de Bari,  una madre perdió a su hijo y éste apareció después sano y salvo frente a la puerta de su casa. El niño relató que un hombre parecido a San Nicolás lo había ayudado y acompañado hasta su hogar.

Si tienes peques en casa puedes ver la historia de San Nicolás en dibujos animados en la siguiente dirección: https://www.youtube.com/watch?v=zM8T4M3G4VQ y no te olvides que la Navidad es una época para celebrar el cumple de Cristo. ¿Ya sabes qué le vas a regalar?

 

¡Que tengas una vida llena de bendiciones!

 

Doctor de la Iglesia - Magisterio de San Agustín, Obispo

Texto de San Agustín para vivir la Cuaresma (1) De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

En Cristo fuimos tentados, en él vencimos al diablo



De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

De las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos San Agustín, de las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos.

Es necesario poner al descubierto los artificios de los maniqueos. Dos artificios que principalmente utilizan para seducción de los ignorantes.

I.1. He tratado suficientemente, a mi parecer, en otros libros sobre el modo de rebatir los ataques que, con tanta impiedad como ineptitud, dirigen los maniqueos contra la Ley o Viejo Testamento, y como es vana la jactancia que ellos afectan en medio de los aplausos del vulgo ignorante. De lo cual puedo también aquí hacer brevemente mención. ¿Qué hombre, por poco razonable que sea, no comprenderá que para la interpretación de las Escrituras se ha de acudir a los que tienen profesión de enseñarlas, y que puede suceder, o mejor dicho, sucede siempre, que muchos pasajes parezcan ridículos a inteligencias poco desarrolladas, mientras que, si hombres más sabios los explican, aparecen admirables y se reciben con tanta mayor satisfacción cuanto se ve era más difícil descubrir el pensamiento? Esto es lo que pasa con alguna frecuencia en los libros santos del Testamento Antiguo cuando el que encuentra allí materia de escándalo se dirige a un doctor piadoso, más bien que a un impío censor, y con tal que desee más averiguar que no satirizar. En su deseo de instruirse podrá quizás dar con obispos, sacerdotes y otros ministros de la Iglesia católica que se guarden con cautela de descubrir a todos indistintamente nuestros misterios o con quienes, contentos con la sencillez de la fe, no se imponen el sacrificio de sondear sus profundos secretos. Pero no deben nunca desesperar de encontrar allí la verdad, donde ni todos los que la exigen son capaces de enseñarla, ni todos los que la piden son siempre dignos de aprenderla Dos cosas son necesarias: diligencia y piedad; la primera nos conducirá a los que verdaderamente posean 1a ciencia y la otra nos hará merecedores de adquirida.

Entendamos la gracia de Dios Del comentario de San Agustín, obispo, sobre la carta a los Gálatas (Prefacio: PL 35, 2105-2107)

El motivo por el cual el Apóstol escribe a los gálatas es su deseo de que entiendan que la gracia de Dios hace que no estén ya sujetos a la ley. En efecto, después de haberles sido anunciada la gracia del Evangelio, no faltaron algunos, provenientes de la circuncisión, que, aunque cristianos, no habían llegado a comprender toda la gratuidad del don de Dios y querían continuar bajo el yugo de la ley; ley que el Señor Dios había impuesto a los que estaban bajo la servidumbre del pecado y no de la justicia, esto es, ley justa en sí misma que Dios había dado a unos hombres injustos, no para quitar sus pecados, sino para ponerlos de manifiesto; porque lo único que quita el pecado es el don gratuito de la fe, que actúa por el amor. Ellos pretendían que los gálatas, beneficiarios ya de este don gratuito, se sometieran al yugo de la ley, asegurándoles que de nada les serviría el Evangelio si no se circuncidaban y no observaban las demás prescripciones rituales del judaísmo.

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