¡Voté! ¿Misión cumplida?

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Encuentro difícil saber si es adecuada la expresión “el mes de julio nos sorprendió”. Por una parte, ciertamente se dibujaba cada vez con mayor claridad el horizonte al final del proceso electoral; por otra parte la complejidad del contexto había llenado el panorama de incertidumbre, hasta el último minuto.

La mayoría de la población apostó, como se vislumbraba, por un cambio. Sería ingenuo pasar por alto que esta alternancia, antes como posibilidad y hoy como realidad es, sin duda, una de las que más ha polarizado los ánimos y opiniones de la población en las últimas décadas. Encontramos opiniones favorables y desfavorables en prácticamente todos los ambientes sociales. En esto, como en todo lo demás, es oportuno buscar el consejo de nuestra fe, la cual siempre nos ayuda a elevar la perspectiva y la lectura de los acontecimientos.

Es necesario estar atentos para evitar las posturas extremistas e irracionales, a favor y en contra. Es completamente justa y comprensible la demanda de un cambio profundo en una sociedad tan escandalosamente desigual. Al mismo tiempo, es completamente justo y comprensible vigilar que no nos extraviemos si queremos reconstruir honestamente sobre cimientos sólidos.

Felizmente, la participación ciudadana ha sido ejemplar. Más del 62% del padrón acudió a las urnas. Pero hay que saber que eso es sólo el principio. No hay caminos cortos; no hay atajos. Se equivoca quien cree que el cambio vendrá sin una conversión profunda desde lo personal hacia lo comunitario, un cambio de actitud, de mirar y decidir solamente desde y hacia sí mismo, a mirar y decidir desde y hacia el prójimo. Tanto en lo individual como en lo colectivo no hay cambio posible si no se deriva necesariamente de situar con toda objetividad los valores sobre los cuales se quiere construir. En lo individual y en lo social debemos estar atentos a construir sobre generosidad y nunca sobre egoísmo; sobre honestidad y nunca sobre corrupción, atentos a construir sobre la Verdad y nunca sobre un inestable relativismo; sobre valentía y fidelidad y nunca, nunca sobre un débil hedonismo.

Es posible y legítimo luchar por mejorar; si a esta lucha no se le ponen los ridículos límites de lo visible en este mundo. Es justo luchar por la justicia, si se busca honestamente luchar por todos, salvar a todos, votar en favor de todos, hablar por todos y no solamente por los que hoy pueden luchar, salvar, votar y hablar. Es bueno ir en pos de la libertad si ésta no esclaviza, irónicamente, a las personas en la apariencia de sí mismas. Es lícito buscar el progreso, si se le busca en la trascendencia y no en lo material; si se le deja crecer hasta la eternidad.

Y nosotros seamos desde nuestra fe activos, incansables, creativos y alegres agentes de ese verdadero cambio, a tiempo y a destiempo.

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Doctor de la Iglesia - Magisterio de San Agustín, Obispo

Texto de San Agustín para vivir la Cuaresma (1) De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

En Cristo fuimos tentados, en él vencimos al diablo



De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

De las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos San Agustín, de las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos.

Es necesario poner al descubierto los artificios de los maniqueos. Dos artificios que principalmente utilizan para seducción de los ignorantes.

I.1. He tratado suficientemente, a mi parecer, en otros libros sobre el modo de rebatir los ataques que, con tanta impiedad como ineptitud, dirigen los maniqueos contra la Ley o Viejo Testamento, y como es vana la jactancia que ellos afectan en medio de los aplausos del vulgo ignorante. De lo cual puedo también aquí hacer brevemente mención. ¿Qué hombre, por poco razonable que sea, no comprenderá que para la interpretación de las Escrituras se ha de acudir a los que tienen profesión de enseñarlas, y que puede suceder, o mejor dicho, sucede siempre, que muchos pasajes parezcan ridículos a inteligencias poco desarrolladas, mientras que, si hombres más sabios los explican, aparecen admirables y se reciben con tanta mayor satisfacción cuanto se ve era más difícil descubrir el pensamiento? Esto es lo que pasa con alguna frecuencia en los libros santos del Testamento Antiguo cuando el que encuentra allí materia de escándalo se dirige a un doctor piadoso, más bien que a un impío censor, y con tal que desee más averiguar que no satirizar. En su deseo de instruirse podrá quizás dar con obispos, sacerdotes y otros ministros de la Iglesia católica que se guarden con cautela de descubrir a todos indistintamente nuestros misterios o con quienes, contentos con la sencillez de la fe, no se imponen el sacrificio de sondear sus profundos secretos. Pero no deben nunca desesperar de encontrar allí la verdad, donde ni todos los que la exigen son capaces de enseñarla, ni todos los que la piden son siempre dignos de aprenderla Dos cosas son necesarias: diligencia y piedad; la primera nos conducirá a los que verdaderamente posean 1a ciencia y la otra nos hará merecedores de adquirida.

Entendamos la gracia de Dios Del comentario de San Agustín, obispo, sobre la carta a los Gálatas (Prefacio: PL 35, 2105-2107)

El motivo por el cual el Apóstol escribe a los gálatas es su deseo de que entiendan que la gracia de Dios hace que no estén ya sujetos a la ley. En efecto, después de haberles sido anunciada la gracia del Evangelio, no faltaron algunos, provenientes de la circuncisión, que, aunque cristianos, no habían llegado a comprender toda la gratuidad del don de Dios y querían continuar bajo el yugo de la ley; ley que el Señor Dios había impuesto a los que estaban bajo la servidumbre del pecado y no de la justicia, esto es, ley justa en sí misma que Dios había dado a unos hombres injustos, no para quitar sus pecados, sino para ponerlos de manifiesto; porque lo único que quita el pecado es el don gratuito de la fe, que actúa por el amor. Ellos pretendían que los gálatas, beneficiarios ya de este don gratuito, se sometieran al yugo de la ley, asegurándoles que de nada les serviría el Evangelio si no se circuncidaban y no observaban las demás prescripciones rituales del judaísmo.

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