Sí; por la familia.

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"La cultura actual ha aceptado dos grandes mentiras:

La primera es que si estás en desacuerdo con el estilo de vida de alguien más, significa que le temes o le odias.
La segunda es que para amar a alguien debes estar de acuerdo con todo lo que opina, cree o hace".

(Rick Warren)

El pasado 24 de septiembre una parte importante y representativa de la sociedad salió a las calles a expresar su sentir respecto a la llamada “Ideología del Género” en una manifestación pública que se conoció como “La Marcha por la Familia”.

Como era de esperarse, este acto suscitó diversas opiniones, a favor y en contra. La sociedad se polarizó, por lo que el caso debe ser tratado con sumo cuidado, claridad y objetividad.

En primer lugar deben quitarse las ideas prefabricadas: que todos los de la marcha son católicos o religiosos y que todos los opositores pertenecen a la comunidad LGBTTTI. No; sin duda la mayoría de los miembros de cada comunidad simpatizan respectivamente con una u otra causa, pero ante todo son dos partes de la sociedad las que han expresado su sentir; dos partes que difieren en ciertos aspectos pero que en otros conviven, participan, se apoyan y comparten ideas comunes. A propósito de esto quise comenzar esta reflexión nada menos que con la frase de un pastor evangélico. Tenemos diferencias, pero también coincidencias. Así, en la marcha encontramos en ambas posturas creyentes de diversas confesiones y también ateos.

Una de las cosas más curiosas de este intercambio de ideas es que, al parecer, los argumentos de ambas posturas pueden aplicarse de ida y vuelta. Ambas partes dicen defender derechos; ambas partes acusan a la otra de imponer sus ideas o creencias a los demás; en ambas hay una parte moderada (que en muchos casos puede traducirse también como desentendida), una parte centrada y respetuosa (pero firme en sus convicciones) y otra parte radical (que también en algunos casos puede tender al extremo de la agresión); por tanto, en ambas partes se denuncian (y de hecho los hay) actos de discriminación hacia la otra y también hacia otros grupos por razones distintas.

Otro elemento a considerar es la parcialidad de la información. Hubo incluso quienes minimizaron de tal modo el evento que hablaron formalmente de 20,000 asistentes a la Marcha por la Familia. Más allá de si se está a favor o en contra, este dato por sí mismo es digno de un análisis serio y objetivo respecto a la ética y credibilidad de los medios de comunicación y las autoridades. Se necesitan razones muy poderosas y específicas o de plano no saber contar (o no querer hacerlo) para aceptar esa estimación.

Sin duda la Marcha por la Familia dejó ver una realidad innegable: hay una parte importante de la sociedad (mayoría a juzgar por la participación respecto a otras manifestaciones) que tiene algo que decir respecto a la 'ideología del género' y su aplicación en la vida comunitaria, particularmente en las iniciativas propuestas por el Poder Ejecutivo. Ignorar simplemente las demandas de una parte tan importante de la sociedad sí habla -y de manera más clara- de imposición en una sociedad que, irónicamente, dice luchar por la tolerancia y la democracia. Imposición en nombre de las minorías a una mayoría que expresamente manifiesta su voluntad.

Pero el asunto va más allá de los números. Las personas en su mayoría, al menos intencionalmente, no son conscientes partícipes de un “plan macabro para destruir al mundo”, sino que actúan en defensa de los VALORES que creen importantes. Y los valores tienen una característica: su objetividad, es decir que el lugar que ocupa cada uno de ellos no depende de las opiniones, de quién gobierna, de las modas, de las mayorías, de los humores sociales, de a quién le conviene o a quién no. En esta discusión debemos saber, por tanto, el valor objetivo de cada cosa por la que luchamos, y ser bien honestos al hacer una elección o tomar una postura. Defenderla con respeto y con firmeza no implica odiar a los que piensan distinto. Al contrario: con una recta intención, corregir al que hierra es un signo de amor auténtico.

Debemos preguntarnos, con todas sus consecuencias y hasta donde tope, qué entendemos por amor, por libertad; qué entendemos por derechos, por familia; qué entendemos por verdad... y ser valientes para reconocer si acaso descubrimos que nos han 'cambiado el agua' y 'volteado la tortilla', por decirlo de una forma sencilla y coloquial.

Al defender el valor de la FAMILIA no pretendemos de ningún modo reprobar a tantos hogares que han salido adelante gracias a la presencia y esfuerzo de madres solteras, padres, abuelos, hermanos y otros tantos que han sabido rifársela heroicamente en apoyo de sus seres queridos. Dicen que todo texto tiene un contexto, y no es ése el contexto del que hablamos aquí. Pero para explicar lo que defendemos sí queremos partir precisamente de esas realidades, y dirigirnos en primer lugar a quienes han vivido en ellas, maravillosas y doblemente admirables por una parte, a la vez que profundamente dolorosas, porque es ciertamente quien conoce el dolor de la ausencia y sus razones quien mejor puede hablar de la importancia del modelo de familia al que debemos aspirar con todo nuestro empeño. Son precisamente esas mamás y papás solos, esos hijos, esos abuelos y hermanos los que conocen esa importancia, y en la mayoría de los casos no se puede hablar de una elección propia o un ideal alcanzado, sino más bien de una tremenda injusticia.

Hay una gran diferencia entre el atender con misericordia estas realidades, presentes en la sociedad, y el promoverlas o legitimizarlas como ideales de vida. La diferencia no recae en quien las produce, sino en quien las recibe. Ésa es la razón por la que se afirma, por ejemplo, que la paternidad no es esencialmente un derecho de los padres, sino de los hijos. Los hijos no son un derecho ganado por un sector históricamente marginado de la sociedad; no son un trofeo ni una conquista. Son los hijos quienes tienen derecho a una familia, en el contexto más auténtico y pleno de la palabra.

Creemos firmemente que la imagen paterna y materna (ambas) son elementos insustituibles de la familia en orden al desarrollo integral de una persona. Pero no sólo ésos, sino también fidelidad, amor, indisolubilidad, estabilidad, madurez, complementariedad biológica y afectiva, fecundidad, generosidad... Es en este otro contexto que no podemos presentar como verdad, como ideal o como plena ninguna otra definición de familia, ajena a estas características, y atribuimos en gran parte las debilidades y problemáticas de nuestra sociedad al descuido que usted y yo, en acciones u omisiones, hemos permitido de esta definición. Reconocer la presencia de otras realidades no implica redefinir ni renunciar, sino al contrario, buscar con más firmeza restaurar y ofrecer este modelo de familia a la sociedad.

Del mismo modo, el matrimonio no es una opción o una elección basada en sensaciones, instintos o preferencias, sean de personas de diferente o del mismo sexo. Es mucho, pero mucho más que eso. Comprenderlo nos ayudará a entender mejor muchos de nuestros problemas como comunidades en diversos niveles. El reconocer la existencia de otras realidades no implica confundirlas inadvertidamente. El matrimonio es un bien de la sociedad porque su naturaleza, características y misión están irrenunciablemente unidas a este concepto de familia, que no es exclusivo de religión alguna.

El debate está muy lejos de terminar; se va a poner más interesante, de hecho. Como conclusión: quizás son los miembros de esas partes “desentendidas” de la sociedad -los que aquietan su conciencia evitando meterse en problemas- los más importantes de todos. Tal vez sean ellos, en su acción u omisión, quienes inclinen la balanza hacia uno u otro lado.

Quizás sea tarde cuando caigan en la cuenta de que quedarse inmóvil también es tomar postura. Argumentarán que “no meterse” es lo mejor, hasta que adviertan en lo público que, sutilmente y por múltiples frentes (en los medios, en la escuela, en el cine, en la música, en las leyes, en el lenguaje...) algunas ideologías ya se han metido, ésas sí, en sus vidas, en las de sus hijos, hermanos, vecinos...

¡Felicidades a los que defienden con respeto y firmeza sus convicciones! Sométanlo todo a juicio y quédense con lo bueno. Analicen con cuidado, decidan y defiendan valientemente, y ojalá que su apuesta sea la correcta. Tarde o temprano lo descubrirán.

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Doctor de la Iglesia - Magisterio de San Agustín, Obispo

Texto de San Agustín para vivir la Cuaresma (1) De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

En Cristo fuimos tentados, en él vencimos al diablo



De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

De las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos San Agustín, de las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos.

Es necesario poner al descubierto los artificios de los maniqueos. Dos artificios que principalmente utilizan para seducción de los ignorantes.

I.1. He tratado suficientemente, a mi parecer, en otros libros sobre el modo de rebatir los ataques que, con tanta impiedad como ineptitud, dirigen los maniqueos contra la Ley o Viejo Testamento, y como es vana la jactancia que ellos afectan en medio de los aplausos del vulgo ignorante. De lo cual puedo también aquí hacer brevemente mención. ¿Qué hombre, por poco razonable que sea, no comprenderá que para la interpretación de las Escrituras se ha de acudir a los que tienen profesión de enseñarlas, y que puede suceder, o mejor dicho, sucede siempre, que muchos pasajes parezcan ridículos a inteligencias poco desarrolladas, mientras que, si hombres más sabios los explican, aparecen admirables y se reciben con tanta mayor satisfacción cuanto se ve era más difícil descubrir el pensamiento? Esto es lo que pasa con alguna frecuencia en los libros santos del Testamento Antiguo cuando el que encuentra allí materia de escándalo se dirige a un doctor piadoso, más bien que a un impío censor, y con tal que desee más averiguar que no satirizar. En su deseo de instruirse podrá quizás dar con obispos, sacerdotes y otros ministros de la Iglesia católica que se guarden con cautela de descubrir a todos indistintamente nuestros misterios o con quienes, contentos con la sencillez de la fe, no se imponen el sacrificio de sondear sus profundos secretos. Pero no deben nunca desesperar de encontrar allí la verdad, donde ni todos los que la exigen son capaces de enseñarla, ni todos los que la piden son siempre dignos de aprenderla Dos cosas son necesarias: diligencia y piedad; la primera nos conducirá a los que verdaderamente posean 1a ciencia y la otra nos hará merecedores de adquirida.

Entendamos la gracia de Dios Del comentario de San Agustín, obispo, sobre la carta a los Gálatas (Prefacio: PL 35, 2105-2107)

El motivo por el cual el Apóstol escribe a los gálatas es su deseo de que entiendan que la gracia de Dios hace que no estén ya sujetos a la ley. En efecto, después de haberles sido anunciada la gracia del Evangelio, no faltaron algunos, provenientes de la circuncisión, que, aunque cristianos, no habían llegado a comprender toda la gratuidad del don de Dios y querían continuar bajo el yugo de la ley; ley que el Señor Dios había impuesto a los que estaban bajo la servidumbre del pecado y no de la justicia, esto es, ley justa en sí misma que Dios había dado a unos hombres injustos, no para quitar sus pecados, sino para ponerlos de manifiesto; porque lo único que quita el pecado es el don gratuito de la fe, que actúa por el amor. Ellos pretendían que los gálatas, beneficiarios ya de este don gratuito, se sometieran al yugo de la ley, asegurándoles que de nada les serviría el Evangelio si no se circuncidaban y no observaban las demás prescripciones rituales del judaísmo.

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