¿Miércoles de Ceniza? ¿Dónde dice eso la Biblia?

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    A veces nos preguntan por qué existe en la Iglesia el rito de la imposición de la ceniza. No son pocos los miembros de algunas comunidades ajenas a la Iglesia Católica quienes cuestionan esta costumbre. Dicen que en la Biblia no dice nada sobre el Miércoles de Ceniza.

    La respuesta es muy sencilla: Algunos insisten en tratar a la Biblia como si fuera un manual del usuario, un reglamento de tránsito o la “Constitución Política” de la vida cristiana (Art. 1, art. 2, art. 3...) y resulta que la Biblia no es nada de eso, sino que en ella se nos da cuenta de la Historia de la Salvación. Es por ello que nos guía, si la sabemos leer, porque si no la reducimos a una serie de leyes, reglamentos y prohibiciones (aquello que tanto denunció Jesús), en lugar de descubrir en ella la acción salvadora de Dios en la historia humana. Historia que pasa por la historia de un pueblo: Israel.

 

 

     Bueno, pues dicho lo anterior (de fundamental importancia para comprender lo que sigue), vamos al tema: Todos tenemos, de manera personal, momentos buenos y momentos malos. Tristezas, alegrías, aciertos y errores. Pero también es cierto que somos parte de la sociedad en diversos niveles (familia, amigos, escuela, iglesia, ciudad...) y de manera comunitaria también vivimos estas experiencias, tanto de regocijo como de reconocer que el camino que hemos tomado nos está llevando a la perdición (¿te suena?); que, o cambiamos de rumbo, o nos va a acabar de llevar la tristeza.

 

     Entonces, en ciertos pasajes de la Biblia se narra que el pueblo de Israel pasa por momentos de fuertes peligros, de dolor u ocasiones de crisis en que tiene que reconocer que se ha alejado de Dios. En esos momentos, todo el pueblo, en común, hace signos visibles de su arrepentimiento o de su clamor a Dios. Entre estos signos destacan el ayuno, el reconocimiento de las culpas, prácticas extraordinarias de solidaridad con los necesitados, el cubrirse con ceniza o el vestir ropas ásperas; todo ello como un sacrificio que les ayude a manifestar el dolor y la necesidad que tienen de la misericordia de Dios. ¿Dónde dice eso la Biblia? Est 4,1; Job 42,6; Dn 9,3; Jon 3,5-6.

 

    La Iglesia, sin dejar de recomendar el reconocimiento de nuestras faltas a lo largo de todo el año de manera personal, ha establecido un tiempo especial en que todo el lenguaje litúrgico nos conduce a esta experiencia, de forma comunitaria. Este tiempo comienza cuarenta días antes de la celebración de la Pascua (más los seis domingos que, aunque también tienen un tinte penitencial, se cuentan aparte por ser signo de la resurrección de Jesús). Todo esto tiene una profunda raíz bíblica: Cuarenta es un número que designa siempre una purificación o una preparación, como el número de días que Jesús pasa en el desierto antes de comenzar su misión, o el número de años que Moisés conduce al pueblo a través del desierto antes de entrar en la Tierra Prometida. ¿Dónde dice eso la Biblia?  Éx 24,18; Gn 7,4; Jon, 3,4; Mt 4, 1-2...

    El Miércoles de Ceniza marca el inicio de este tiempo, y por ello es un día en que el lenguaje y los ritos son fuertes, pues se habla de pecado y penitencia, pero también (y sobre todo), de la misericordia de Dios, que nos invita a ser valientes y emprender el camino de retorno a Él.

    Si entiendes el significado de este día, verás que sí puede marcar un antes y un después. No se trata de hacer un rito sin sentido, por costumbre o porque todos lo hacen, sino de descubrir el “por qué” hacemos lo que hacemos.

    La Iglesia recomienda estas prácticas de penitencia, y por eso ha establecido de manera general cosas bien concretas, como ayunar o dejar de comer carne ciertos días del año, pero hay que tener claro que todas ellas se enfocan en una palabra: CONVERSIÓN, que es la vuelta a Dios. Sin ella, no tienen sentido. Con ella, se convierten en un camino por el cual se puede circular de manera efectiva hacia la salvación. Sin ella, caemos en lo mismo del principio: el reglamento de tránsito, qué se puede y qué no se puede; sin ella hacemos un desastre de las cosas santas, y si "es pecado" comer carne tal viernes (¿?), entonces me busco un buen filete de pescado, con sal y limoncito, y listo, ya cumplí.

     ¿Tradiciones vacías o signos visibles de conversión? Tú tienes la respuesta. Si ayunas, si te abstienes de comer carne o haces cualquier cosa que represente para ti un sacrificio,  recuerda sobre todo que no se trata de pasarla mal para que “Diosito” esté más contento (Dios no es así). Se trata de tener presente la necesidad que tienes de Dios y someter todas aquellas cosas que pretenden despojarlo del primer lugar en tu vida, y no raras veces comienzan a esclavizarte y a separarte de lo verdaderamente importante (creo que ejemplos sobran).

¿Cuánto tiempo realmente valioso de nuestra vida tiramos a la basura en cosas vanas y vacías? ¿Cuántas costumbres, alimentos, relaciones, hábitos que bien sabemos que nos dañan nos tienen prácticamente dominados? Por ahí hay que empezar a buscar hoy y durante toda la cuaresma, no como un "maratón Guadalupe-Reyes" a la inversa, sino realmente como el inicio, aunque paso a pasito, de una vida nueva, donde somos señores de nuestra voluntad y no esclavos de nuestros antojos.

 

¿Cuesta trabajo? ¡Por supuesto! Pero la penitencia, el ayuno y la abstinencia cristianos no son cuestión de masoquismo. Más que renunciar a algo porque sí, es elegir algo mucho mejor, cueste lo que cueste. ¿No hacemos lo mismo al levantarnos de la cama, con todo y sueño, para ir a estudiar, a trabajar, a ejercitarnos? Es que no es lo mismo "estar a gusto" que ser feliz. A esto se refería Jesús cuando nos invitó a buscar la verdadera felicidad, porque vale la pena, así tengas que "cortarte una mano" o "sacarte un ojo" (Mt. 5, 29-30). Para ser feliz bien vale la pena renunciar a lo que sea, cueste lo que cueste, por muy arraigado que esté en nuestro ser. ¿De qué le sirve a alguien ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo? (Mt. 16, 26) ¡Por el amor de Dios, por tu tranquilidad, por tu salud, por tu familia, por tu futuro... encuentra aquello que Dios te está pidiendo esta Cuaresma y "...arráncalo y arrójalo lejos de ti"! (Mt. 5, 29). "Todavía es tiempo" (Joel 2, 12).

 

También recuerda otro aspecto de la penitencia: el mejor ayuno es el que se priva de los bienes, pero para compartirlos con quienes más los necesitan. Decía San Pedro Crisólogo, un sabio obispo allá por el siglo IV: "Que el que ayuna entienda bien lo que es el ayuno; que preste atención al hambriento quien quiere que Dios preste atención a su hambre; que se compadezca quien espera misericordia; que tenga piedad quien la busca; que responda quien desea que Dios le responda a él. Es un indigno suplicante quien pide para sí lo que niega a otro".

 

Así que, ¿cómo andas respecto a Dios? ¿Te bastas sólo o vas a necesitar una buena manita de misericordia? ¿Tienen que esperar los que sufren a que atiendas todos tus gustos para que voltees a verlos? ¿Sabes "amar hasta que duela" (como decía la Madre Teresa) o sigues dando siempre lo que te sobra? Ése es el ayuno, la oración y la limosna que Dios espera de ti, para poder darte a manos llenas.

 

Ceniza: ¿Rito vacío o signo sensible de conversión? Tú lo decides.
¿Te tiene Dios abandonado en la oscuridad de tus problemas y preguntas más profundas? Tú lo respondes.

 

"¿Es ése el ayuno que el Señor desea, el día en que el hombre se mortifica?

Doblar la cabeza como un junco, acostarse sobre estera y ceniza,
¿a eso lo llaman ayuno, día agradable al Señor?

El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones
injustas, desatar las coyundas de los yugos, dejar libres
a los oprimidos, romper todas las cadenas; partir tu
pan con el que tiene hambre, dar hospedaje a los po-
bres que no tienen techo; cuando veas a alguien desnu-
do, cúbrelo, y no desprecies a tu semejante.

Entonces brillará tu luz como la aurora, en seguida
te brotará la carne sana; tu justicia te abrirá camino y
detrás de ti irá la gloria del Señor. Entonces clamarás
al Señor y él te responderá, gritarás y él te dirá: "Aquí
estoy."

Cuando destierres de ti los yugos, el gesto amenazante
y las malas intenciones; cuando partas tu pan con
el hambriento y sacies el estómago del indigente,
entonces brillará tu luz en las tinieblas,
tu oscuridad se volverá mediodía".

(Isaías 58, 6-10).

     ¿Te has preguntado, pero en serio, qué pasaría en tu vida, en tus relaciones con los demás, en tu economía y hasta en tu salud (por decir solamente algunas cosas), si este año entendieras bien todo esto? Te lo dejo de tarea.

 

 

Doctor de la Iglesia - Magisterio de San Agustín, Obispo

Texto de San Agustín para vivir la Cuaresma (1) De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

En Cristo fuimos tentados, en él vencimos al diablo



De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

De las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos San Agustín, de las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos.

Es necesario poner al descubierto los artificios de los maniqueos. Dos artificios que principalmente utilizan para seducción de los ignorantes.

I.1. He tratado suficientemente, a mi parecer, en otros libros sobre el modo de rebatir los ataques que, con tanta impiedad como ineptitud, dirigen los maniqueos contra la Ley o Viejo Testamento, y como es vana la jactancia que ellos afectan en medio de los aplausos del vulgo ignorante. De lo cual puedo también aquí hacer brevemente mención. ¿Qué hombre, por poco razonable que sea, no comprenderá que para la interpretación de las Escrituras se ha de acudir a los que tienen profesión de enseñarlas, y que puede suceder, o mejor dicho, sucede siempre, que muchos pasajes parezcan ridículos a inteligencias poco desarrolladas, mientras que, si hombres más sabios los explican, aparecen admirables y se reciben con tanta mayor satisfacción cuanto se ve era más difícil descubrir el pensamiento? Esto es lo que pasa con alguna frecuencia en los libros santos del Testamento Antiguo cuando el que encuentra allí materia de escándalo se dirige a un doctor piadoso, más bien que a un impío censor, y con tal que desee más averiguar que no satirizar. En su deseo de instruirse podrá quizás dar con obispos, sacerdotes y otros ministros de la Iglesia católica que se guarden con cautela de descubrir a todos indistintamente nuestros misterios o con quienes, contentos con la sencillez de la fe, no se imponen el sacrificio de sondear sus profundos secretos. Pero no deben nunca desesperar de encontrar allí la verdad, donde ni todos los que la exigen son capaces de enseñarla, ni todos los que la piden son siempre dignos de aprenderla Dos cosas son necesarias: diligencia y piedad; la primera nos conducirá a los que verdaderamente posean 1a ciencia y la otra nos hará merecedores de adquirida.

Entendamos la gracia de Dios Del comentario de San Agustín, obispo, sobre la carta a los Gálatas (Prefacio: PL 35, 2105-2107)

El motivo por el cual el Apóstol escribe a los gálatas es su deseo de que entiendan que la gracia de Dios hace que no estén ya sujetos a la ley. En efecto, después de haberles sido anunciada la gracia del Evangelio, no faltaron algunos, provenientes de la circuncisión, que, aunque cristianos, no habían llegado a comprender toda la gratuidad del don de Dios y querían continuar bajo el yugo de la ley; ley que el Señor Dios había impuesto a los que estaban bajo la servidumbre del pecado y no de la justicia, esto es, ley justa en sí misma que Dios había dado a unos hombres injustos, no para quitar sus pecados, sino para ponerlos de manifiesto; porque lo único que quita el pecado es el don gratuito de la fe, que actúa por el amor. Ellos pretendían que los gálatas, beneficiarios ya de este don gratuito, se sometieran al yugo de la ley, asegurándoles que de nada les serviría el Evangelio si no se circuncidaban y no observaban las demás prescripciones rituales del judaísmo.

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