Lucharon vida y muerte en singular batalla...

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La historia es una antes y otra después de la cruz.

Durante este tiempo litúrgico de la Pascua, la Palabra de Dios nos muestra los primeros pasos de la Iglesia, mediante los escritos de los hechos y las cartas de los apóstoles. 

Su origen se encuentra en aquella pequeña región de Galilea, donde Jesús de Nazaret llamó a doce personas que, según la mentalidad del mundo, no tenían nada de especial.

Eran doce personas comunes; demasiado comunes, de hecho. Esas doce personas se embarcaron en una aventura que al final resultó radicalmente distinta a sus planes iniciales.

Veían en ese nazareno a su gran Mesías; al hombre que finalmente los libraría del aplastante yugo romano; al personaje que los pondría a Israel por encima de las naciones y a ellos, como ministros de su confianza, en los puestos privilegiados de su gabinete.

Y todo salió mal.

Se murió.

Y esa muerte en la cruz, la peor de todas las muertes, la más indigna y absurda para el mesías prometido, humillado y solo, se encargó de destruir desde los cimientos sus ideas de Dios, de la historia, de la humanidad, de su mesías y de ellos mismos. 

Es que sólo así, derruidos los cimientos débiles, se puede construir algo sólido. La cruz tiene, entre otras cosas, esa misión en nuestra vida. No podemos llamarnos seguidores de Cristo desde nuestros esquemas caducos. Cuando la cruz se presenta en nuestra vida a través del sufrimiento, del fracaso, de la persecusión o de cualquier contrariedad tiene la misión de derrumbar nuestros falsos conceptos de cómo debería hacer Dios las cosas.

Y sólo así nosotros, igual que esos discípulos, destruidos esos ídolos de barro, sentimos arder nuestro corazón al comprender lo que antes no comprendíamos: Que era necesario; que la cruz, así de horrible como parece, tiene un lado hermosísimo. Que en ella, como paradigma de las grandes paradojas humanas, es capaz de reunir los extremos de la humanidad. Que en ella se enfrentaron lo peor y lo mejor de la libertad humana. El odio más terrible y el amor más sublime. La vida y la muerte luchando en singular batalla.

 

La pregunta es: ¿Quién venció a quién en esa cruz?

Sí; todo había salido mal... o al menos eso parecía según sus esquemas de cómo debían funcionar las cosas. Su aventura al final resultó radicalmente distinta a sus planes iniciales... pero de ninguna manera quedaron defraudados. Sus viejas expectativas quedaron absolutamente superadas, pues de pronto el absurdo cobró sentido.

 

La respuesta a esa pregunta la recibieron esos doce hombres comunes, todavía hasta ese momento escondidos en su miedo y en sus remordimientos, y esa respuesta los transformó de tal manera que ahora podían plantarse frente al mundo para anunciarle una noticia que cambió la historia; ya ningún aguijón los amenazaba:

¡LA MUERTE FUE VENCIDA, Y DE ELLO NOSOTROS SOMOS TESTIGOS!

 

 

 

Doctor de la Iglesia - Magisterio de San Agustín, Obispo

Texto de San Agustín para vivir la Cuaresma (1) De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

En Cristo fuimos tentados, en él vencimos al diablo



De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

De las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos San Agustín, de las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos.

Es necesario poner al descubierto los artificios de los maniqueos. Dos artificios que principalmente utilizan para seducción de los ignorantes.

I.1. He tratado suficientemente, a mi parecer, en otros libros sobre el modo de rebatir los ataques que, con tanta impiedad como ineptitud, dirigen los maniqueos contra la Ley o Viejo Testamento, y como es vana la jactancia que ellos afectan en medio de los aplausos del vulgo ignorante. De lo cual puedo también aquí hacer brevemente mención. ¿Qué hombre, por poco razonable que sea, no comprenderá que para la interpretación de las Escrituras se ha de acudir a los que tienen profesión de enseñarlas, y que puede suceder, o mejor dicho, sucede siempre, que muchos pasajes parezcan ridículos a inteligencias poco desarrolladas, mientras que, si hombres más sabios los explican, aparecen admirables y se reciben con tanta mayor satisfacción cuanto se ve era más difícil descubrir el pensamiento? Esto es lo que pasa con alguna frecuencia en los libros santos del Testamento Antiguo cuando el que encuentra allí materia de escándalo se dirige a un doctor piadoso, más bien que a un impío censor, y con tal que desee más averiguar que no satirizar. En su deseo de instruirse podrá quizás dar con obispos, sacerdotes y otros ministros de la Iglesia católica que se guarden con cautela de descubrir a todos indistintamente nuestros misterios o con quienes, contentos con la sencillez de la fe, no se imponen el sacrificio de sondear sus profundos secretos. Pero no deben nunca desesperar de encontrar allí la verdad, donde ni todos los que la exigen son capaces de enseñarla, ni todos los que la piden son siempre dignos de aprenderla Dos cosas son necesarias: diligencia y piedad; la primera nos conducirá a los que verdaderamente posean 1a ciencia y la otra nos hará merecedores de adquirida.

Entendamos la gracia de Dios Del comentario de San Agustín, obispo, sobre la carta a los Gálatas (Prefacio: PL 35, 2105-2107)

El motivo por el cual el Apóstol escribe a los gálatas es su deseo de que entiendan que la gracia de Dios hace que no estén ya sujetos a la ley. En efecto, después de haberles sido anunciada la gracia del Evangelio, no faltaron algunos, provenientes de la circuncisión, que, aunque cristianos, no habían llegado a comprender toda la gratuidad del don de Dios y querían continuar bajo el yugo de la ley; ley que el Señor Dios había impuesto a los que estaban bajo la servidumbre del pecado y no de la justicia, esto es, ley justa en sí misma que Dios había dado a unos hombres injustos, no para quitar sus pecados, sino para ponerlos de manifiesto; porque lo único que quita el pecado es el don gratuito de la fe, que actúa por el amor. Ellos pretendían que los gálatas, beneficiarios ya de este don gratuito, se sometieran al yugo de la ley, asegurándoles que de nada les serviría el Evangelio si no se circuncidaban y no observaban las demás prescripciones rituales del judaísmo.

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