La historia no termina en la cruz

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"...No está aquí: ¡Ha resucitado!"

 

Vivir la Semana Santa no se trata tanto de contemplar desde fuera, como quien ve una película, los sufrimientos de Cristo. Se trata de entrar en el Misterio Pascual; el paso que Cristo ha llevado a cabo, de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida; del pecado a la gracia, y del cual nos hace partícipes, como un don.

El Misterio Pascual es eso: un paso, una dinámica. Se queda corto quien considera que la Semana Santa es solamente recordar la muerte de Jesús en la cruz. No puede entenderse la muerte de Jesús si no es desde la óptica de la resurrección. Fue el encuentro con Cristo resucitado el que iluminó, a los ojos de sus apóstoles, la dura experiencia de su pasión y su muerte. Por eso te invito a vivir la Semana Santa completa, sin mutilarla. Vivir el Misterio Pascual es acompañar a Cristo en su muerte y en su resurrección, tomar en cuenta cada momento y su significado en nuestra vida. 

Vivir el misterio Pascual es sentarse a la mesa con Jesús y recibir, aun sin comprenderlo del todo como los apóstoles en aquel momento, el regalo más grande: su amor “hasta el extremo”. Es experimentar la paradoja de la cruz, con su lado terrible y doloroso, así como su lado hermoso y lleno de sentido. Es contemplar desde los ojos de Dios ese misterio enorme, que no a todos les es concedido. Es comenzar a comprender que ahí, en la cruz, ciertamente junto al odio y la violencia más absurdos, se manifestó también un amor y una entrega que los superó con mucho. Es preguntarse con total seriedad: ¿Tú qué ves en esa cruz, el odio o el amor? Y es comenzar a entender por qué miramos con tanto amor y veneración ese misterio, que a tantos les está velado: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero para los elegidos, fuerza de Dios y sabiduría de Dios (1Cor. 1, 24).

Vivir la Semana Santa no está completo si contemplamos solamente la muerte de Cristo, como si ése fuera el final de la historia. En Cristo no se nos ha revela un Dios que se recrea en el sufrimiento de quienes lo aman. No; el Dios de Jesús es un Dios que le quitó el aguijón a la muerte, pues ésta fue destruida cuando Jesús se levantó del sepulcro. El Dios que Jesús vino a mostrarnos es un Dios que nos invita a no temer los sufrimientos, si éstos están iluminados por la resurrección de Jesús. En el Misterio Pascual Dios ha iluminado y le ha dado sentido al absurdo de la cruz, y con esta luz podemos caminar seguros, aun por encima del dolor y del sacrificio, porque sabemos que la historia no termina ahí. El final de la Historia es el paso de las tinieblas de la muerte a la luz de la Resurrección. Por eso la celebración más importante para los cristianos es la Vigilia Pascual, que comienza en el silencio y la oscuridad y termina en una explosión de luz, de cantos y alegría.

Vivir la Semana Santa es contemplar a Cristo completo, y no solamente una parte. La historia no termina en la cruz ni en el sepulcro, sino en la gloria de la Resurrección. En el Misterio Pascual de Cristo, Dios no nos dice que seguirlo será fácil, pero sí nos dice, contundentemente, QUE TODO SALDRÁ BIEN, porque él, el que pasó por la cruz, está vivo, y ninguno que ponga en Él su esperanza quedará defraudado.

Doctor de la Iglesia - Magisterio de San Agustín, Obispo

Texto de San Agustín para vivir la Cuaresma (1) De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

En Cristo fuimos tentados, en él vencimos al diablo



De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

De las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos San Agustín, de las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos.

Es necesario poner al descubierto los artificios de los maniqueos. Dos artificios que principalmente utilizan para seducción de los ignorantes.

I.1. He tratado suficientemente, a mi parecer, en otros libros sobre el modo de rebatir los ataques que, con tanta impiedad como ineptitud, dirigen los maniqueos contra la Ley o Viejo Testamento, y como es vana la jactancia que ellos afectan en medio de los aplausos del vulgo ignorante. De lo cual puedo también aquí hacer brevemente mención. ¿Qué hombre, por poco razonable que sea, no comprenderá que para la interpretación de las Escrituras se ha de acudir a los que tienen profesión de enseñarlas, y que puede suceder, o mejor dicho, sucede siempre, que muchos pasajes parezcan ridículos a inteligencias poco desarrolladas, mientras que, si hombres más sabios los explican, aparecen admirables y se reciben con tanta mayor satisfacción cuanto se ve era más difícil descubrir el pensamiento? Esto es lo que pasa con alguna frecuencia en los libros santos del Testamento Antiguo cuando el que encuentra allí materia de escándalo se dirige a un doctor piadoso, más bien que a un impío censor, y con tal que desee más averiguar que no satirizar. En su deseo de instruirse podrá quizás dar con obispos, sacerdotes y otros ministros de la Iglesia católica que se guarden con cautela de descubrir a todos indistintamente nuestros misterios o con quienes, contentos con la sencillez de la fe, no se imponen el sacrificio de sondear sus profundos secretos. Pero no deben nunca desesperar de encontrar allí la verdad, donde ni todos los que la exigen son capaces de enseñarla, ni todos los que la piden son siempre dignos de aprenderla Dos cosas son necesarias: diligencia y piedad; la primera nos conducirá a los que verdaderamente posean 1a ciencia y la otra nos hará merecedores de adquirida.

Entendamos la gracia de Dios Del comentario de San Agustín, obispo, sobre la carta a los Gálatas (Prefacio: PL 35, 2105-2107)

El motivo por el cual el Apóstol escribe a los gálatas es su deseo de que entiendan que la gracia de Dios hace que no estén ya sujetos a la ley. En efecto, después de haberles sido anunciada la gracia del Evangelio, no faltaron algunos, provenientes de la circuncisión, que, aunque cristianos, no habían llegado a comprender toda la gratuidad del don de Dios y querían continuar bajo el yugo de la ley; ley que el Señor Dios había impuesto a los que estaban bajo la servidumbre del pecado y no de la justicia, esto es, ley justa en sí misma que Dios había dado a unos hombres injustos, no para quitar sus pecados, sino para ponerlos de manifiesto; porque lo único que quita el pecado es el don gratuito de la fe, que actúa por el amor. Ellos pretendían que los gálatas, beneficiarios ya de este don gratuito, se sometieran al yugo de la ley, asegurándoles que de nada les serviría el Evangelio si no se circuncidaban y no observaban las demás prescripciones rituales del judaísmo.

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