El fraile que ayudó a globalizar el mundo en el siglo XVI

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En este año en el que se cumplen cuatro siglos y medio de la expedición de Legazpi ~ Urdaneta desde México hasta Filipinas, quiero traer a la memoria a ese importante evangelizador, cosmógrafo, navegante, soldado, embajador, aventurero, comerciante, economista y visionario que fue Fray Andrés de Urdaneta.

 

Monje agustino que nació en Ordizia, Guipúzcoa, en 1508 y desde muy pequeño se sintió atraído por el mar, a tal grado que a los 17 años de edad le pidió a Juan Sebastián Elcano poder acompañarlo en la expedición que salió el 24 de julio de 1525 de La Coruña comandada por Fray García Jofre de Loaysa con destino a las Islas del Poniente. Era la segunda expedición que trataría de pasar el muro de las américas por el estrecho de Magallanes y así llegar por el Pacífico a las Islas de las Especias.

 

Esta expedición estuvo llena de dificultades que terminaron por provocar el desastre, había poca alimentación y mala salud, la falta de vitamina “C” causaba escorbuto en los marineros, les provocaba anemia, debilidad y hemorragias.

 

Después de luchar con filipinos y moros, al llegar a las islas tuvieron que combatir a los portugueses, ya que las Islas del Pacífico eran disputadas entre España y Portugal por su riqueza en especias y porque ni las bulas Alejandrínas, ni el Tratado de Tordesillas dejaban claro a quien le pertenecían.

 

En este viaje, Fray Andrés sufrió dos graves quemaduras por la explosión de pólvora que le marcaron el rostro para siempre y también murieron, entre muchos marineros, el capitán Loaysa y el 4 de agosto de 1526 Juan Sebastián Elcano. “El magnífico, Elcano ha muerto”, así lo escribe Fray Andrés de Urdaneta que fue el encargado de redactar el testamento del primer hombre que había dado la vuelta al mundo, esto es una señal de su amistad, respeto y cariño porque él lo ayudó, Elcano fue su maestro y su líder. De las siete embarcaciones que partieron en la expedición, sólo una llegó a las Molucas.

 

Fray Andrés fue llevando registro de todo lo acontecido, los cambios de rumbo, los

incidentes de la navegación, atento a todo lo que acontecía con visión de futuro, fue el interlocutor entre los castellanos y los nativos, ya que aprendió la lengua autóctona, navegó las islas y aprendió sobre las corrientes marinas, los monzones y los vientos transoceánicos.

 

Pasados casi once años en las islas, el 12 de enero de 1536 decide regresar a Europa embarcando con su hija Gracia, sus papeles, sus cartas de navegación y sus mapas, llegando a Lisboa en junio de ese mismo año, fue perseguido y despojado de sus documentos, ya que el 22 de abril de 1529 Carlos V había cedido los derechos de las islas a favor del rey de Portugal a cambio de 350 mil ducados de oro en el llamado tratado de Zaragoza; alejándose de Portugal salió rumbo a España y es así como dio la vuelta al mundo en un viaje que duró tres mil novecientos ochenta y siete días.

 

Ya en Castilla y con tan buena memoria empieza a rehacer los escritos sobre todo lo que había pasado en Molucas brindando una lección de economía y comercio internacional, no sólo realizó un diagnóstico económico sobre el potencial comercial entre los continentes, sino que planteó metas cuantitativas y estrategias específicas para conseguir el regreso a América por el Pacífico.

 

 

En estos escritos, entregados a la corte, quedan plasmadas, una vez más, las características esenciales que marcan su personalidad; sabía cómo tratar a gentes desconocidas en tierras lejanas y a emperadores en tierras cercanas, fue un hombre que tuvo un ideal y lo realizó.

 

Siendo un héroe y contando historias increíbles de lugares lejanos y asombrosos, regresa a su tierra natal, dejando a su hija a cargo de su hermano, porque en 1538 se cruza en el camino con Pedro de Alvarado y en octubre de ese año deciden embarcar rumbo a América.

 

Durante los 15 años que estuvo en México, por su lealtad, honradez y eficiencia ocupó varios puestos de gran responsabilidad, ganándose la confianza del virrey Antonio de Mendoza.

 

A medida que pasaba el tiempo fue madurando su deseo y vocación para alejarse de la vida mundana, hasta que en 1552 se recluye en el convento agustino de la Ciudad de México.

 

El 20 de marzo de 1553 se hace fraile agustino al descubrir en el mensaje de San Agustín, “que sólo el Amor es la auténtica respuesta”, encontrará en el seguimiento de Cristo su mejor premio, su norma de vida siempre fue el evangelio; como misionero, indicó la ruta hacia Cristo, “puerto seguro”, en el que todo corazón inquieto puede encontrar refugio y descanso.

 

Mientras tanto en 1556, en España, el emperador Carlos V había dejado a su hijo Felipe II todo su poder, éste decidió ampliarlo hacia las islas del oriente y en 1559 sin pensarlo envió directamente una carta a Fray Andrés de Urdaneta pidiéndole que se embarcara en una nueva expedición a cargo de otro guipuzcuano Miguel López de Legazpi, ya viejos amigos.

 

Dicha expedición tenía dos objetivos fundamentales: llegar e instalarse en las Islas Filipinas llevando la fe católica a los nativos de esa región y el otro completar el viaje de vuelta hasta México, algo que no había sido logrado y habían fracasado ya varias expediciones.

 

Los antiguos viajeros al Asia se lamentaban diciendo: “nadie debe ir allá porque nadie puede volver, a lo que Fray Andrés, siendo un hombre modestísimo al hablar, experto conocedor, estudioso y valiente marinero, respondía que él haría volver, no una nave sino una carreta.

 

Tras casi siete años de grandes esfuerzos, talento, más de medio millón de pesos en oro y después de tres días de festividades religiosas y festejos en honor de los expedicionarios, partieron del Puerto de la Navidad en la costa del Pacífico mexicano, a las tres de la mañana del 21 de noviembre de 1564, los barcos al amparo de cuatro apóstoles (la nave capitana San Pedro, la nave almiranta San Pablo, el primer patache San Juan y el segundo patache San Lucas), con rumbo a las Islas del Poniente entonando el canto de Salve Regina y llevando como estandarte a la Santísima Virgen de Guadalupe.

 

Siendo jefe de la expedición Miguel López de Legazpi y director técnico Fray Andrés de Urdaneta, iban a bordo otros cuatro frailes agustinos: Fray Diego de Herrera (+1576), Fray Martín de Rada (1533-1578), Fray Andrés de Aguirre (1527-1593) y Fray Pedro de Gamboa (+1567), junto con 380 hombres entre soldados y gente de mar.

 

No sin varios contratiempos que tuvieron que sortear, entre los que destacan: cuando por órdenes de la Real Audiencia de México, a cien leguas de Puerto de Navidad tenían que abrir un documento especificando las instrucciones y órdenes que llevaba la expedición y por otro lado, el primero de diciembre la deserción de la patache San Lucas al mando del capitán Alonso de Arellano y como piloto llevaba a Lope Martín, separándose de la flota considerando como una anécdota lo sucedido.

 

El 27 de abril de 1565 llegaron a la isla de Cebú en Filipinas, donde encontraron la imagen del Santo Niño que Magallanes, en abril de 1521, como símbolo de su alianza y amistad había regalado al jefe de la tribu Rajah Humabon (Carlos) y a la reina Hara Humamay (Juana de Cebú) por su bautismo. A su llegada, cuarenta y cuatro años más tarde, el marinero de la nao capitana Juan Camus, se encuentra la imagen intacta del Santo Niño en la choza incendiada de un indígena dentro de una caja de pino, la cual le entrega a Legazpi. Durante la segunda guerra mundial, cayó una bomba dentro de la Iglesia, pero la imagen no sufrió daño alguno. Desde entonces, la conservan los agustinos en la Basílica del Santo Niño de Cebú, la milagrosa imagen ha sido venerada y se convirtió en el patrono de Cebu. El Santo Niño fue bendecido por el Papa San Juan Pablo II en 1990.

 

Fray Andrés de Urdaneta se apegó a cumplir los propósitos de la expedición que eran: el “tornaviaje” (viaje de regreso al lugar de donde se salió la expedición) y que la conquista tenía que hacerse humana, cristianamente y en la lengua nativa, el tagalo, para obtener así la salvación y la felicidad de aquel primitivo pueblo.

 

Una vez que se aseguraron los objetivos y arreglada la nao San Pedro, decidieron emprender el regreso de Filipinas a México, partieron el 1 de junio 1565 del puerto de Cebú al mando de Felipe de Salcedo, de 18 años y nieto de Miguel López de Legazpi (ya que él permaneció en Filipinas) y por su gran experiencia repetía en la dirección técnica Fray Andrés de Urdaneta con 57 años, justo cuatro meses después de partir, el 1 de octubre pasaron por Barra de Navidad, cumpliendo así con el “tornaviaje” y siguieron la travesía hasta el Puerto de Acapulco para dar cuenta a la Audiencia de México y al Rey de todo lo que habían vivido en la expedición, que fue un éxito.

 

Fue Fray Andrés quien, de forma sistemática y objetiva, descubrió la ruta fija que unió a las islas del Poniente con la Nueva España y, como consecuencia de ello, la Nueva España se convirtió en el puente estratégico y eslabón entre España y Asia; manteniendo ésta ruta por más de dos siglos y medio, hasta que las naves se independizaron de la fuerza del viento para confiar su empuje al vapor. Ha sido la ruta náutica más larga del mundo (7,644 millas), la que transportó entre muchas otras cosas, la sillería y el atril donado por el Arzobispado de Manila a la Catedral de México, asimismo trajo en 125 cajas hasta el Puerto de Acapulco la reja fundida en Macao que se encuentra empotrada en las cornisas que sostienen los órganos de la ya mencionada Catedral mexicana.

 

Por fin, confortado por los Santos Sacramentos a los 60 años de edad y 16 años como religioso agustino, murió en el Convento de San Agustín de la ciudad de México (hoy la Biblioteca nacional de México), el día 3 de junio de 1568. Terminó su vida como monje agustino y estupendo maestro de los jóvenes novicios con que se pobló el Monasterio de la ilustre Orden de San Agustín en el México.

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Doctor de la Iglesia - Magisterio de San Agustín, Obispo

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Es necesario poner al descubierto los artificios de los maniqueos. Dos artificios que principalmente utilizan para seducción de los ignorantes.

I.1. He tratado suficientemente, a mi parecer, en otros libros sobre el modo de rebatir los ataques que, con tanta impiedad como ineptitud, dirigen los maniqueos contra la Ley o Viejo Testamento, y como es vana la jactancia que ellos afectan en medio de los aplausos del vulgo ignorante. De lo cual puedo también aquí hacer brevemente mención. ¿Qué hombre, por poco razonable que sea, no comprenderá que para la interpretación de las Escrituras se ha de acudir a los que tienen profesión de enseñarlas, y que puede suceder, o mejor dicho, sucede siempre, que muchos pasajes parezcan ridículos a inteligencias poco desarrolladas, mientras que, si hombres más sabios los explican, aparecen admirables y se reciben con tanta mayor satisfacción cuanto se ve era más difícil descubrir el pensamiento? Esto es lo que pasa con alguna frecuencia en los libros santos del Testamento Antiguo cuando el que encuentra allí materia de escándalo se dirige a un doctor piadoso, más bien que a un impío censor, y con tal que desee más averiguar que no satirizar. En su deseo de instruirse podrá quizás dar con obispos, sacerdotes y otros ministros de la Iglesia católica que se guarden con cautela de descubrir a todos indistintamente nuestros misterios o con quienes, contentos con la sencillez de la fe, no se imponen el sacrificio de sondear sus profundos secretos. Pero no deben nunca desesperar de encontrar allí la verdad, donde ni todos los que la exigen son capaces de enseñarla, ni todos los que la piden son siempre dignos de aprenderla Dos cosas son necesarias: diligencia y piedad; la primera nos conducirá a los que verdaderamente posean 1a ciencia y la otra nos hará merecedores de adquirida.

Entendamos la gracia de Dios Del comentario de San Agustín, obispo, sobre la carta a los Gálatas (Prefacio: PL 35, 2105-2107)

El motivo por el cual el Apóstol escribe a los gálatas es su deseo de que entiendan que la gracia de Dios hace que no estén ya sujetos a la ley. En efecto, después de haberles sido anunciada la gracia del Evangelio, no faltaron algunos, provenientes de la circuncisión, que, aunque cristianos, no habían llegado a comprender toda la gratuidad del don de Dios y querían continuar bajo el yugo de la ley; ley que el Señor Dios había impuesto a los que estaban bajo la servidumbre del pecado y no de la justicia, esto es, ley justa en sí misma que Dios había dado a unos hombres injustos, no para quitar sus pecados, sino para ponerlos de manifiesto; porque lo único que quita el pecado es el don gratuito de la fe, que actúa por el amor. Ellos pretendían que los gálatas, beneficiarios ya de este don gratuito, se sometieran al yugo de la ley, asegurándoles que de nada les serviría el Evangelio si no se circuncidaban y no observaban las demás prescripciones rituales del judaísmo.

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