¡DESPIERTA, TÚ, QUE DUERMES!

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Clausura del Jubileo Extraordinario de la Misericordia

"Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará. Cuiden mucho su conducta y no procedan como necios, sino como personas sensatas que saben aprovechar bien el momento presente, porque estos tiempos son malos. No sean irresponsables, sino traten de saber cuál es la voluntad del Señor”
(Carta de San Pablo a los efesios, 5, 14-17).
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El domingo 20 de noviembre finaliza formalmente el Jubileo Extraordinario de la Misericordia convocado por el Papa Francisco para este año 2016. El 13 de noviembre serán cerradas las “Puertas Santas” que han sido abiertas en las catedrales del mundo y algunos otros templos para obtener la indulgencia plenaria.
Quizás no todos entienden el significado de la apertura y cierre de la Puerta Santa. Habrá quienes simplemente no lo tomen en cuenta, otros que lo consideren de manera superficial, para continuar con una vida insensible a la voluntad de Dios. Por ello conviene hacer una última reflexión ante este signo tan importante.

Comencemos por destacar que hemos vivido un jubileo extraordinario, es decir, no correspondiente al ciclo normal de la vida de la Iglesia. Las Puertas Santas no se volverán a abrir hasta el año 2025. No es algo que se le ocurrió al Papa nada más porque sí. A nuestra generación le ha tocado vivir tiempos difíciles, a los que debemos encontrar las respuestas más profundas.
Las amenazas en tantos aspectos de la historia humana requieren atención especial: La explotación de personas vulnerables en tantos sentidos: migrantes, niños, mujeres tratados como mercancía; la violencia en nuestro país; las débiles y desalentadoras opciones, en uno y otro sentido, para gobernar el país más poderoso del mundo; el corazón insensible de nuestros gobernantes, que no saben más que servirse a sí mismos, preocupados ya por los puestos que les permitan cubrirse y preservar sus privilegios, en lugar de atender a la justicia más básica; los pastores de nuestras comunidades, que también somos tentados, como decía San Agustín, a portarnos como “asalariados” y no como “pastores”, despreocupados sin sentir auténticamente los dolores de las almas confiadas a nosotros; las agendas nacionales e internacionales que privilegian la cultura de la muerte, condenando a los “inservibles” para una sociedad que se mueve por el amor al dinero y a lo práctico; la eutanasia, el aborto...

Este año jubilar de la misericordia puede pasar de largo para mucha gente. Quizás para algunos sea una especie de rito mágico, incapaz de permear en su mentalidad. La advocación de nuestro Señor en su Divina Misericordia, la Puerta Santa, la indulgencia... todas estas cosas han sido confiadas por el Señor a su Iglesia como signos de salvación. Son todas ellas buenas, si evitamos el peligro de quedarnos en la superficialidad. Es importante conocer y atender la doctrina formal de la Santa Iglesia, que ve estas cosas como signos de realidades invisibles para los sentidos, pero verdaderas y profundas, porque ocurren en la parte más íntima del ser humano.

Que estos signos sean, pues, capaces de penetrar en el corazón y no sólo en lo aparente, cambiar nuestra mentalidad, convertir de raíz la esencia del nuestro ser; incidir en nuestros pensamientos y acciones. Que el paso por la Puerta de la Santa de la Misericordia sea ante todo la respuesta con gratitud a un regalo de Dios: el perdón de nuestras culpas, en orden a vivir una vida nueva.

“Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido”. ¡Cuánta necesidad tenemos de hacer realidad estas palabras, no como un esfuerzo humano, o como una especie de barniz superficial, sino que esa palabrita, “misericordia”, sea capaz de guiar el camino de nuestra sociedad. Que en los distintos niveles de nuestras comunidades la misericordia tenga lugar, en la forma de conducirnos como individuos, como familias, como gobiernos, como iglesias, como parroquias y comunidades religiosas, como nación y como humanidad.

El domingo 20 de noviembre se cierra el año litúrgico y se cierra como un símbolo la puerta de la misericordia. Cristo ha dejado a su Iglesia, de forma auténtica, el poder de atar y desatar. El símbolo de la puerta que se cierra debe actuar en nosotros para hacernos saber que, aunque a veces no estamos muy conscientes de ello, el tiempo con el que contamos tiene una frontera, y que debemos aprovechar el tiempo presente. ¡Ahora! ¡No podemos perder tiempo! ¡Que no nos pase como a las doncellas necias del evangelio, que por confiadas encuentran la puerta cerrada!

En el símbolo de la Puerta que se cierra, Dios nos dice, con auténtica misericordia, que nuestro tiempo es limitado y nuestra vida tan frágil y efímera. Enderecemos el camino, confesemos nuestros pecados, entremos en oración... en una palabra: ¡convertirnos! ¡Todavía es tiempo, dice el Señor!

Que la dinámica que la Iglesia nos presenta en sus ciclos litúrgicos, con el Año de la Misericordia y el tiempo de Adviento que iniciamos en unas cuantas semanas, nos haga conscientes de todo esto. Que el Señor Jesucristo, Rey del universo, Rey del tiempo y de la historia, nos ayude a seguirle con fidelidad, desde ahora y para siempre.

Doctor de la Iglesia - Magisterio de San Agustín, Obispo

Texto de San Agustín para vivir la Cuaresma (1) De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

En Cristo fuimos tentados, en él vencimos al diablo



De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

De las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos San Agustín, de las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos.

Es necesario poner al descubierto los artificios de los maniqueos. Dos artificios que principalmente utilizan para seducción de los ignorantes.

I.1. He tratado suficientemente, a mi parecer, en otros libros sobre el modo de rebatir los ataques que, con tanta impiedad como ineptitud, dirigen los maniqueos contra la Ley o Viejo Testamento, y como es vana la jactancia que ellos afectan en medio de los aplausos del vulgo ignorante. De lo cual puedo también aquí hacer brevemente mención. ¿Qué hombre, por poco razonable que sea, no comprenderá que para la interpretación de las Escrituras se ha de acudir a los que tienen profesión de enseñarlas, y que puede suceder, o mejor dicho, sucede siempre, que muchos pasajes parezcan ridículos a inteligencias poco desarrolladas, mientras que, si hombres más sabios los explican, aparecen admirables y se reciben con tanta mayor satisfacción cuanto se ve era más difícil descubrir el pensamiento? Esto es lo que pasa con alguna frecuencia en los libros santos del Testamento Antiguo cuando el que encuentra allí materia de escándalo se dirige a un doctor piadoso, más bien que a un impío censor, y con tal que desee más averiguar que no satirizar. En su deseo de instruirse podrá quizás dar con obispos, sacerdotes y otros ministros de la Iglesia católica que se guarden con cautela de descubrir a todos indistintamente nuestros misterios o con quienes, contentos con la sencillez de la fe, no se imponen el sacrificio de sondear sus profundos secretos. Pero no deben nunca desesperar de encontrar allí la verdad, donde ni todos los que la exigen son capaces de enseñarla, ni todos los que la piden son siempre dignos de aprenderla Dos cosas son necesarias: diligencia y piedad; la primera nos conducirá a los que verdaderamente posean 1a ciencia y la otra nos hará merecedores de adquirida.

Entendamos la gracia de Dios Del comentario de San Agustín, obispo, sobre la carta a los Gálatas (Prefacio: PL 35, 2105-2107)

El motivo por el cual el Apóstol escribe a los gálatas es su deseo de que entiendan que la gracia de Dios hace que no estén ya sujetos a la ley. En efecto, después de haberles sido anunciada la gracia del Evangelio, no faltaron algunos, provenientes de la circuncisión, que, aunque cristianos, no habían llegado a comprender toda la gratuidad del don de Dios y querían continuar bajo el yugo de la ley; ley que el Señor Dios había impuesto a los que estaban bajo la servidumbre del pecado y no de la justicia, esto es, ley justa en sí misma que Dios había dado a unos hombres injustos, no para quitar sus pecados, sino para ponerlos de manifiesto; porque lo único que quita el pecado es el don gratuito de la fe, que actúa por el amor. Ellos pretendían que los gálatas, beneficiarios ya de este don gratuito, se sometieran al yugo de la ley, asegurándoles que de nada les serviría el Evangelio si no se circuncidaban y no observaban las demás prescripciones rituales del judaísmo.

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