Desea a Dios para poder tenerlo

Versión para imprimirVersión para imprimirEnviar por correoEnviar por correoVersión PDFVersión PDF

El inicio de un año es un tiempo de cambios, si así lo deseamos y lo pedimos. Se suele analizar el curso de la vida durante los últimos meses y proyectar hacia los que vienen. Para muchos es tiempo de propósitos; para otros es tiempo de lamentos o de resignación. Otros más simplemente tratan de adormecer la sensación del paso del tiempo. 

Lo que es innegable, para creyentes y no creyentes, es que cada vuelta del calendario nos pone de frente, precisamente, a esta consciencia. Tarde o temprano nos damos cuenta de que el tiempo es oro, y es en nuestro tránsito por él que se juega el sentido de nuestra existencia.

Pero lo más interesante llega cuando percibimos que en este tránsito se juega no sólo nuestra propia felicidad, sino la de todas las demás personas que, aunque en diversos niveles, están íntimamente relacionadas con nuestra vida. Ninguno de nosotros vive en una burbuja autónoma, sino que desarrolla su vida, para bien y para mal, en relación con los demás.

Aquí es quizás donde entra la mayor importancia de vivir consciente de esta relación. Nuestros mayores problemas como sociedad, como comunidades y como familias se explican a partir de actos y actitudes individuales. También nuestras mayores fortalezas. Lamentablemente la sociedad que hemos construido lleva, en el pecado, también la penitencia, que puede verificarse en todos los niveles de la vida de esta sociedad enferma de corrupción.

Seguramente la mayoría de nosotros tendrá en mente algunas cosas clásicas a las que conviene prestar atención de manera personal: la salud, el ahorro, los estudios... Ya sabemos también en qué terminan muchas de estas buenas intenciones: sólo en eso. Posiblemente uno de los incentivos más poderosos -y menos tomados en cuenta- es que nuestros actos no sólo repercuten en nuestra vida, sino en las de los demás.

El inicio de un año es una oportunidad invaluable para recordarlo.

Que este año que inicia traiga para todos nosotros un deseo auténtico de encontrar el lugar correcto de cada cosa a la que le damos valor. Que este año, importante en diversos aspectos de nuestra sociedad, busquemos el bien, pero no a partir de una visión parcial y egoísta, sino el bien común y supremo. Que este año traiga para todos nosotros un deseo auténtico y legítimo de encontrar a Dios, bien supremo y fuente de bendición. Que por intercesión de San Agustín logremos, a ejemplo suyo, transformar otras vidas a partir del encuentro con Dios.

 

Etiquetas: 

Doctor de la Iglesia - Magisterio de San Agustín, Obispo

Texto de San Agustín para vivir la Cuaresma (1) De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

En Cristo fuimos tentados, en él vencimos al diablo



De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

De las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos San Agustín, de las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos.

Es necesario poner al descubierto los artificios de los maniqueos. Dos artificios que principalmente utilizan para seducción de los ignorantes.

I.1. He tratado suficientemente, a mi parecer, en otros libros sobre el modo de rebatir los ataques que, con tanta impiedad como ineptitud, dirigen los maniqueos contra la Ley o Viejo Testamento, y como es vana la jactancia que ellos afectan en medio de los aplausos del vulgo ignorante. De lo cual puedo también aquí hacer brevemente mención. ¿Qué hombre, por poco razonable que sea, no comprenderá que para la interpretación de las Escrituras se ha de acudir a los que tienen profesión de enseñarlas, y que puede suceder, o mejor dicho, sucede siempre, que muchos pasajes parezcan ridículos a inteligencias poco desarrolladas, mientras que, si hombres más sabios los explican, aparecen admirables y se reciben con tanta mayor satisfacción cuanto se ve era más difícil descubrir el pensamiento? Esto es lo que pasa con alguna frecuencia en los libros santos del Testamento Antiguo cuando el que encuentra allí materia de escándalo se dirige a un doctor piadoso, más bien que a un impío censor, y con tal que desee más averiguar que no satirizar. En su deseo de instruirse podrá quizás dar con obispos, sacerdotes y otros ministros de la Iglesia católica que se guarden con cautela de descubrir a todos indistintamente nuestros misterios o con quienes, contentos con la sencillez de la fe, no se imponen el sacrificio de sondear sus profundos secretos. Pero no deben nunca desesperar de encontrar allí la verdad, donde ni todos los que la exigen son capaces de enseñarla, ni todos los que la piden son siempre dignos de aprenderla Dos cosas son necesarias: diligencia y piedad; la primera nos conducirá a los que verdaderamente posean 1a ciencia y la otra nos hará merecedores de adquirida.

Entendamos la gracia de Dios Del comentario de San Agustín, obispo, sobre la carta a los Gálatas (Prefacio: PL 35, 2105-2107)

El motivo por el cual el Apóstol escribe a los gálatas es su deseo de que entiendan que la gracia de Dios hace que no estén ya sujetos a la ley. En efecto, después de haberles sido anunciada la gracia del Evangelio, no faltaron algunos, provenientes de la circuncisión, que, aunque cristianos, no habían llegado a comprender toda la gratuidad del don de Dios y querían continuar bajo el yugo de la ley; ley que el Señor Dios había impuesto a los que estaban bajo la servidumbre del pecado y no de la justicia, esto es, ley justa en sí misma que Dios había dado a unos hombres injustos, no para quitar sus pecados, sino para ponerlos de manifiesto; porque lo único que quita el pecado es el don gratuito de la fe, que actúa por el amor. Ellos pretendían que los gálatas, beneficiarios ya de este don gratuito, se sometieran al yugo de la ley, asegurándoles que de nada les serviría el Evangelio si no se circuncidaban y no observaban las demás prescripciones rituales del judaísmo.

Páginas