Anunciar a Cristo a tiempo y a destiempo

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El Señor va llevando la historia de su Iglesia, haciéndose presente en ella a través de la historia de la humanidad.

Todos nosotros, como parte de esta historia, tenemos un papel único e irrepetible, que nadie más puede desempeñar.  A través de nuestros actos como creyentes, el mundo se da cuenta del actuar de Dios.

Desde su nacimiento la Iglesia ha enfrentado retos poderosos. La Barca de Pedro ha navegado por tormentas que en su momento parecían vencerla, pero cuenta con el auxilio de Cristo, a quien hasta el viento y el mar obedecen.

A través de todas las épocas nunca han faltado quienes pronostican su inminiente fracaso. Hay incluso quienes, con buena o mala intención, al no comprender su misterio han querido separarse para hacer una Iglesia más bonita, más perfecta, más selecta. El resultado: los hombres han creado miles de Iglesias diferentes en nombre de Aquél que, en la víspera de su muerte, oraba: “Padre, que todos sean uno”. Miles de Iglesias que todos los días también tienen que lidiar -todas, aunque digan que no- con la debilidad y las fallas tan propias de la humanidad de sus miembros. No pudieron quitar lo malo, pero dieron al traste con lo bueno.

Y a pesar de todo, la Iglesia de Cristo lleva veinte siglos anunciando el evangelio, a tiempo y a destiempo, con viento a favor y en contra, anunciándole al mundo el secreto de su fortaleza: su debilidad, porque el poder de Dios se manifiesta más claramente en la debilidad.

“Llevamos este tesoro en recipientes de barro -escribía el apóstol Pablo en su segunda carta a los Corintios (4,7)-, para que quede bien claro que este poder extraordinario viene de Dios, y no de nosotros mismos”. 

Así explicaba el gran Pablo este misterio, cada vez que experimentaba las flaquezas de la Iglesia. Así se explica que una institución tan perseguida, tan atacada por dentro y por fuera, tan débil en sus miembros, esté de pie después de veinte siglos. Si esta Iglesia dependiera exclusivamente de nuestra santidad intrínseca, habría sucumbido de inmediato. Tenemos que experimentar todos los días que si esto está de pie hoy, es por la fidelidad de Dios, que nos sostiene, nos salva y nos sana. Ése es el mensaje que la Iglesia debe entregar al mundo: que el camino no es fácil, pero Dios quiere que todos los hombres se salven; contamos con su amor y Él cuenta con nuestra libertad.

A partir de la conciencia de que ninguno de nosotros está libre de pecado, pero Dios nos hace dignos de su amor, comenzaremos el tiempo de Cuaresma revisando y corrigiendo todo aquello que estorba para seguirle. ¡Siéntete parte de esta Iglesia! Si pones un poco de atención, te darás cuenta de la verdadera belleza de esta Iglesia, que es la prueba más grande de su autenticidad.

Doctor de la Iglesia - Magisterio de San Agustín, Obispo

Texto de San Agustín para vivir la Cuaresma (1) De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

En Cristo fuimos tentados, en él vencimos al diablo



De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

De las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos San Agustín, de las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos.

Es necesario poner al descubierto los artificios de los maniqueos. Dos artificios que principalmente utilizan para seducción de los ignorantes.

I.1. He tratado suficientemente, a mi parecer, en otros libros sobre el modo de rebatir los ataques que, con tanta impiedad como ineptitud, dirigen los maniqueos contra la Ley o Viejo Testamento, y como es vana la jactancia que ellos afectan en medio de los aplausos del vulgo ignorante. De lo cual puedo también aquí hacer brevemente mención. ¿Qué hombre, por poco razonable que sea, no comprenderá que para la interpretación de las Escrituras se ha de acudir a los que tienen profesión de enseñarlas, y que puede suceder, o mejor dicho, sucede siempre, que muchos pasajes parezcan ridículos a inteligencias poco desarrolladas, mientras que, si hombres más sabios los explican, aparecen admirables y se reciben con tanta mayor satisfacción cuanto se ve era más difícil descubrir el pensamiento? Esto es lo que pasa con alguna frecuencia en los libros santos del Testamento Antiguo cuando el que encuentra allí materia de escándalo se dirige a un doctor piadoso, más bien que a un impío censor, y con tal que desee más averiguar que no satirizar. En su deseo de instruirse podrá quizás dar con obispos, sacerdotes y otros ministros de la Iglesia católica que se guarden con cautela de descubrir a todos indistintamente nuestros misterios o con quienes, contentos con la sencillez de la fe, no se imponen el sacrificio de sondear sus profundos secretos. Pero no deben nunca desesperar de encontrar allí la verdad, donde ni todos los que la exigen son capaces de enseñarla, ni todos los que la piden son siempre dignos de aprenderla Dos cosas son necesarias: diligencia y piedad; la primera nos conducirá a los que verdaderamente posean 1a ciencia y la otra nos hará merecedores de adquirida.

Entendamos la gracia de Dios Del comentario de San Agustín, obispo, sobre la carta a los Gálatas (Prefacio: PL 35, 2105-2107)

El motivo por el cual el Apóstol escribe a los gálatas es su deseo de que entiendan que la gracia de Dios hace que no estén ya sujetos a la ley. En efecto, después de haberles sido anunciada la gracia del Evangelio, no faltaron algunos, provenientes de la circuncisión, que, aunque cristianos, no habían llegado a comprender toda la gratuidad del don de Dios y querían continuar bajo el yugo de la ley; ley que el Señor Dios había impuesto a los que estaban bajo la servidumbre del pecado y no de la justicia, esto es, ley justa en sí misma que Dios había dado a unos hombres injustos, no para quitar sus pecados, sino para ponerlos de manifiesto; porque lo único que quita el pecado es el don gratuito de la fe, que actúa por el amor. Ellos pretendían que los gálatas, beneficiarios ya de este don gratuito, se sometieran al yugo de la ley, asegurándoles que de nada les serviría el Evangelio si no se circuncidaban y no observaban las demás prescripciones rituales del judaísmo.

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