¡Alegría que NADIE les podrá quitar!

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La tarde en que Jesús murió había personas muy “satisfechas”, por no decir “felices”. Sus intereses, posiciones y comodidades estaban a salvo nuevamente. Se habían quitado la piedra del zapato.

Los seguidores de aquel nazareno se habían esfumado. Bastó, efectivamente, con herir al pastor para que las ovejas huyeran dispersas. Seguir la doctrina del nazareno sólo podía llevarlos a un lugar: la cruz y hasta ahí, nada más.

Hay personas que están muy contentas siempre y cuando nuestra fe esté muy bien escondida, sin hacer ruido. Muy cómodas en sus posiciones, mientras tu Dios no les estorbe ni les arruine sus “negocios”. Muy felices entregando al inocente y liberando en su lugar al malhechor. Igual que hace dos mil años el mensaje es claro y contundente: Eso de la fe está muy bien, siempre y cuando sea entendida como un barniz superficial que no toque mis intereses. La muerte, el ridículo y el fracaso espera a quien se atreva a salir de este esquema.

Y al parecer la crucifixión del nazareno había dejado muy clara la lección. Durante un buen rato no se supo nada de sus seguidores. Todo podía volver a la normalidad; esa “normalidad” que todo hombre ha recibido como herencia. Esa “normalidad” en la que, aunque sabemos que las cosas están más bien al revés, tenemos grabado que no se puede cuestionar, porque así son las cosas; porque  a fin de cuentas “el que se mete de redentor sale crucificado”, y nadie quiere cargar con pecados ajenos.

Lo que no sabían estos señores satisfechos es que los discípulos estaban recibiendo durante esos cincuenta días la mejor de las noticias. Estaban siendo transformados profundamente, para compartir con el mundo el anuncio de esa noticia que cambió sus vidas. A partir de esos encuentros llegaron a comprender que, efectivamente, el camino de la cruz era un mensaje de redención. De pronto resplandecía ante los discípulos del nazareno un mensaje velado hasta entonces: la locura y el escándalo de la cruz se convertía en el signo del poder y la sabiduría de Dios. 

Al final de este periodo de cincuenta días, con la ayuda del Espíritu Santo supieron con certeza que, a través de la cruz, Jesús le había quitado el aguijón a la muerte, y el mundo ya no tenía con qué amenazarles; podían hablarle de frente y abrazar la cruz, que un día los había aterrorizado.

Les había sido regalada una fe incapaz de permanecer callada. Ahora comprendían lo que el nazareno les había dicho antes: “Ustedes están tristes ahora, pero volveré a verlos y se alegrará su corazón y su alegría nadie se la podrá quitar. Aquel día no me preguntarán nada”  (Juan 16, 22) .

Y fueron transformados de tal modo que, pocos días después, el pescador iletrado que había negado cobardemente al maestro, se plantaba frente a la multitud con un mensaje más clarito y contundente que el de aquellos señores:

“¡A este Jesús, Dios lo resucitó, y de ello NOSOTROS SOMOS TESTIGOS!” (Hechos 2, 32).

Doctor de la Iglesia - Magisterio de San Agustín, Obispo

Texto de San Agustín para vivir la Cuaresma (1) De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

En Cristo fuimos tentados, en él vencimos al diablo



De los comentarios de san Agustín, obispo, sobre los salmos (Salmo 60, 2-3: CCL 39, 766)

De las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos San Agustín, de las costumbres de la Iglesia Católica y de las costumbres de los maniqueos.

Es necesario poner al descubierto los artificios de los maniqueos. Dos artificios que principalmente utilizan para seducción de los ignorantes.

I.1. He tratado suficientemente, a mi parecer, en otros libros sobre el modo de rebatir los ataques que, con tanta impiedad como ineptitud, dirigen los maniqueos contra la Ley o Viejo Testamento, y como es vana la jactancia que ellos afectan en medio de los aplausos del vulgo ignorante. De lo cual puedo también aquí hacer brevemente mención. ¿Qué hombre, por poco razonable que sea, no comprenderá que para la interpretación de las Escrituras se ha de acudir a los que tienen profesión de enseñarlas, y que puede suceder, o mejor dicho, sucede siempre, que muchos pasajes parezcan ridículos a inteligencias poco desarrolladas, mientras que, si hombres más sabios los explican, aparecen admirables y se reciben con tanta mayor satisfacción cuanto se ve era más difícil descubrir el pensamiento? Esto es lo que pasa con alguna frecuencia en los libros santos del Testamento Antiguo cuando el que encuentra allí materia de escándalo se dirige a un doctor piadoso, más bien que a un impío censor, y con tal que desee más averiguar que no satirizar. En su deseo de instruirse podrá quizás dar con obispos, sacerdotes y otros ministros de la Iglesia católica que se guarden con cautela de descubrir a todos indistintamente nuestros misterios o con quienes, contentos con la sencillez de la fe, no se imponen el sacrificio de sondear sus profundos secretos. Pero no deben nunca desesperar de encontrar allí la verdad, donde ni todos los que la exigen son capaces de enseñarla, ni todos los que la piden son siempre dignos de aprenderla Dos cosas son necesarias: diligencia y piedad; la primera nos conducirá a los que verdaderamente posean 1a ciencia y la otra nos hará merecedores de adquirida.

Entendamos la gracia de Dios Del comentario de San Agustín, obispo, sobre la carta a los Gálatas (Prefacio: PL 35, 2105-2107)

El motivo por el cual el Apóstol escribe a los gálatas es su deseo de que entiendan que la gracia de Dios hace que no estén ya sujetos a la ley. En efecto, después de haberles sido anunciada la gracia del Evangelio, no faltaron algunos, provenientes de la circuncisión, que, aunque cristianos, no habían llegado a comprender toda la gratuidad del don de Dios y querían continuar bajo el yugo de la ley; ley que el Señor Dios había impuesto a los que estaban bajo la servidumbre del pecado y no de la justicia, esto es, ley justa en sí misma que Dios había dado a unos hombres injustos, no para quitar sus pecados, sino para ponerlos de manifiesto; porque lo único que quita el pecado es el don gratuito de la fe, que actúa por el amor. Ellos pretendían que los gálatas, beneficiarios ya de este don gratuito, se sometieran al yugo de la ley, asegurándoles que de nada les serviría el Evangelio si no se circuncidaban y no observaban las demás prescripciones rituales del judaísmo.

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